Crónica de aislamiento de una antisocial
- 30 jul 2020
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Desde hace varios meses y por la pandemia, trabajo desde casa, el bonito “home office" le llaman. En un inicio parecía una buena idea, pues ya tiene algunos años que prefiero la convivencia conmigo misma, por no llamarme antisocial, que en realidad no lo soy, pues mi trabajo me obliga de cierto modo a ser todo lo contrario y disfruto mucho mi trabajo, pero con frecuencia y en medida de lo posible, evitar el contacto con la gente – en todo sentido – me viene bien, otros tantos dicen que soy “selectiva” de la gente que me rodea, puede que esto sea verdad, pero entre más años pasan, más desconfiada soy.
A veces, antes de la pandemia y de este encierro obligado, me inventaba pretextos para no tener que salir a reuniones con más de cinco personas, fiestas donde no conocía a nadie o tal vez sí, pero que sabía que no soy de su agrado, pues también con los años y gracias a mi poca tolerancia a la estupidez social, me he ganado la fama de “mamona” y pues, no lo niego, la idea de conocer gente nueva, honestamente me da flojera, sonreír por convivir – cuando no estoy trabajando – y con quien no tengo nada en común, sinceramente no se me da, por lo que prefiero evitarnos el mal rato y quedarme en casa, prepararme una buena botana con una bebida fría y disfrutar de una tarde-noche de películas. Tengo que reconocer que, muy pocas veces, de esas que me animaba a ir a esos eventos, me la pasé bien y me dio gusto haberme salido de mi caparazón de grinch antisocial, gracias a eso he agregado algunas personas más a mi circulo de conocidos.
Retomando el tema de la cuarentena extendida, conforme fueron pasando los días, me di cuenta que en realidad no estaba lista para pasar las 24 horas del día, los 7 días de la semana en casa, como yo creía que iba a poder ser, nada más había que hacer lo mismo que ya venía haciendo los fines de semana, pero todos los días, ¿cuál podría ser el problema?
Pues no, la realidad es que no fue como yo pensaba, los horarios se descontrolaron - de por si nunca he sido una persona de rutinas extremas -, pero llevaba un ritmo y este se perdió por completo, comencé a pasar más tiempo frente a la computadora trabajando y hablando por teléfono o por whats que cuando iba a la oficina y cuando al fin dejaba el trabajo, me iba a las redes sociales; los tiempos establecidos de comida o incluso para darme un baño, se esfumaron; ni les cuento de las horas de sueño, podían darme las 4:00 de la madrugada y yo despierta cual si fuera medio día, no sabía si era lunes, jueves o domingo, pero a las 9 en punto, como podía, abría un ojo y lo primero que hacía era prender mi computadora para ponerme a trabajar, esto último lo sigo haciendo.
No sé cuánto tiempo pasó, pero creo que fue mucho, y hasta hace muy poco me di cuenta que he ido adaptando horarios nuevos, que ya son más o menos fijos – supongo que es un avance -, desayuno a las diez u once y comienzo a preparar comida a las 4 de la tarde, comemos en media hora y vuelvo a trabajar, si la chamba está tranquila a las nueve ya estoy acomodándome para ver el siguiente episodio de la serie en turno. Morfeo ha sido bueno conmigo y ha vuelto a extender sus brazos hacia mí, más o menos a las once la noche, a veces se atrasa una o dos horas, el insomnio ya no es por falta de sueño, sino por un exceso de pensamientos que dan vueltas en mi cabeza, a veces basta con que me dejen esperando una respuesta importante para que me despierte varias veces a las tantas de la noche a revisar el celular en búsqueda de ese mensaje pendiente.
Me cansé de luchar porque mi hija de 16 años, se interesara por algo más que no fueran sus amigos, el pretendiente o las mascarillas de belleza, después de haber finalizado el ciclo escolar. He aprendido a convivir con su adolescencia en apogeo y hasta disfrutar el que ella pueda dormir todo el día y a veces también toda la noche, ya que esto permite que la casa sea completamente mía; a convivir con mi perro y sus constantes histerias derivadas de todo aquello que pase a 50 metros de la casa, a veces es un motociclista, otro perro o un auto, pero si es un gato, no sólo ladra de una manera que me saca de cualquier síndrome en el que pueda estar sumergida, por muy profundo que este sea, sube y baja de las escaleras, va y viene de la cocina al comedor como pidiéndome que la deje salir a cazarlo mientras el gato parece burlarse de ella sentado frente a la casa, como retándola, hasta que se le baja el estrés o el gato desaparece; hablo más con ella que con mi hija durante el día, me hace compañía y a veces demanda atención buscando una caricia.
No voy a mentirles diciéndoles que inicié una rutina de ejercicios para ponerme en forma o que he cambiado mi alimentación de carnívora a vegetariana, aunque a veces lidiar con la carne cruda me cause un poco de repulsión y si, miro videos de recetas keto, libres de harinas y carbohidratos y las guardo en la carpeta de recetas del Facebook junto con las otras mil que tengo de postres y más comida que muy probablemente nunca haré; salgo una vez a la semana o semana y media, si puedo, cada dos, por despensa y voy vaciando el refrigerador conforme pasan los días, me gusta comer rico y hago lo posible porque así sea, pero no soy fan de la cocina por lo que no me gusta dedicarle más de media hora a algo y no hago grandes recetas, ni me he dedicado a sacar los dotes de chef que no tengo cada vez que cocino, básicamente preparo algo comestible para alimentarnos, tratando de que no sea muy engordador para no incrementar nuestras posibilidades de obesidad mórbida al no mover un músculo para hacer ejercicio, eso sí, todos los días tomamos agua de frutas natural para darle un toque más rico a la comida, cuando tengo menos ganas o el tiempo me ganó, pedimos algo a domicilio, que regularmente se convierte en la merienda porque llega hora y media después de que me di cuenta que se me pasó la hora de la comida.
Paso los días completos junto a un ventilador de piso en el comedor y si hace mucho calor, me encierro en mi cuarto bajo el fresco del aire acondicionado con una blusa ligera y la comodidad que brinda la libertad de no usar sostén, un short que combina o no, y no me importa; a veces con el cabello suelto esperando a que se seque después del baño para luego montar los chinos en un chongo que no me deshago hasta dormir y la cara libre de maquillaje, camino descalza por toda la casa y me sacudo los pies antes de subirme a la cama. De vez en vez, me miro en el espejo y veo tu rostro – ¡ah no, perdón! Me deje llevar –, me encuentro con el reflejo de los días ajetreados, en los que las mañanas solo eran prisas para hacer todo antes irme corriendo a la oficina, mientras que ahora tengo tiempo de observarme con detenimiento y no sé si es que nunca he abusado del maquillaje y aunque el sol ha sacado más pecas a mi rostro, mi piel se mira firme aún, al menos en la cara, me doy cuenta que no me he depilado en algunos días y sinceramente, tampoco me importa, porque en la soledad del aislamiento, nadie mira mis defectos.
A estas alturas de la cuarentena, ya me acostumbre a estar en casa, a no salir más que para lo necesario y a ver a mis compañeros del trabajo de vez en cuando a través de la pantalla de la computadora, con la reactivación de los negocios, hemos salido a comer a algunos restaurantes cercanos y me gusta la idea de salir un ratito y regresar a mi refugio, aunque no niego que muero de ganas por agarrar las llaves del auto, meter la sombrilla y la manta para la playa, poner unas cervezas en la hielera e irnos a tirar bajo el sol intenso sobre la arena blanca, escuchar el golpear de las olas y respirar el aroma del mar para olvidarnos un rato de la cama y de las paredes claras de la casa, será lo primero que haga en cuanto la situación nos lo permita.
Aún parece lejana la fecha en que podamos volver, aunque sea, a la mitad de las costumbres que teníamos antes, es difícil ver a tus amigos y no abrazarlos y besarlos – sí, tengo amigos a los que me da gusto ver y a ellos también, o eso dicen – por lo que será mejor ocupar la mente más allá que en deseos que no sabemos cuándo podamos cumplir, así que es posible que en una tercera etapa de aislamiento me disponga a buscar una rutina de ejercicios para evitar que mis músculos se atrofien de tanto estar sentada o acostada, ya les contaré; mientras ese entusiasmo llega a mí, seguiré disfrutando de mi vida sedentaria poco saludable y dedicada al home office que honestamente, no me causa ningún conflicto, pero si por algo escuchan las voces en mi interior, no les pongan atención, ellos no saben de lo que hablan.



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