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Contra la pared...

  • 30 may 2020
  • 6 Min. de lectura

No sé si es que con el paso de los años, apenas pasados los 30’s, uno empieza a perder interés en ciertas cosas, - en sonreírle a la gente, por ejemplo -, en verle el lado positivo a todo y en convivir con otra personas, y empiezas a ver el lado más real de la vida, a fijarte en cosas más simples, como poder estar en pijama y viendo la tele todo el día en total soledad o de disfrutar más de los días que viene la señora que limpia la casa o, tal vez es que siempre fui así y nunca me di cuenta.

Y es que pasando la etapa de la adolescencia, cuando te dan el poder de tomar tus propias decisiones, sin estar seguro de las consecuencias, pero que sientes como que te sueltan la cadena, sales corriendo a la vida a darte de frente, te topas con la primer pared, te duele la nariz y ves luces en ese primer momento, pero el entusiasmo te levanta, te das la vuelta para otro lado y corres como desesperada para azotarte contra la otra pared y así, vas dándote chingadazos sin importar cuantas veces te caigas, el ímpetu de querer comerte al mundo te levanta. Las fiestas y las borracheras se vuelven parte de algunos fines de semana – porque posiblemente aún dependas de la economía de tus padres-, el amor comienza a rondarte con cualquier pendejo que crees que será el amor de tu vida, durarán 5 años de novios y se casarán para después tener una hermosa familia; pero eso, afortunadamente no siempre pasa, lloras amargamente, escuchas canciones que te hunden en la depresión y le dedicas todas las de desamor que conoces, para después querer morirte, cortándote las venas con galletas porque tu vida está arruinada, pero a los tres días ya tienes otro motivo para sonreír y seguir dándote de chingadazos contra la pared.

Ya cuando pasas los 25, como que te das cuenta del poder sobre ti mismo y sabes que si corres como loca sin fijarte en los baches cuando traes tacones, te puedes caer antes de llegar a la pared y esos golpes ya te duelen, te dejan marcas y cicatrices o de menos un buen moretón, y uno comienza a decir, “¡va! me voy a ir contra esa pared, pero sin tanta prisa, igual y cuando llegue ya le hicieron una puerta o una ventana donde me pueda asomar a ver si lo que hay detrás me gusta”, pero sigues disfrutando de alguna que otra locura que sabes que no implica mucho riesgo; las fiestas y las borracheras aumentaron de nivel y ya son cada fin y a veces toda la semana. Dejaste de pedir permiso y de llegar a casa, pagas todos los gastos y ¡La vida es hermosa!, ya eres más selectivo con el amor, pero aún tienes la esperanza de tener tu vida de familia como de película de Hollywood, con final feliz y todo.

Si no tuviste la crisis de los 29, a los 30 seguro que te da. Comienzas a cuestionar tu vida y tus decisiones, te das cuenta que no tienes la vida que jurabas que tendrías cuando tenías 15, tampoco eres bombero, astronauta, maestra, actriz o modelo como soñaste de niña, que probablemente tu trabajo es un asco y ni siquiera trabajas en lo que estudiaste, pero es lo que hay, tienes que pagar la renta, la luz, la despensa, los abonos de la tele, la comida de los gatos o del perro que ya te destrozaron los muebles y te entra el estrés porque sigues soltera y sin pretendientes, te preguntas si serás la tía borracha de la familia para toda la vida y te aferras a cualquier cosa que parezca tener un interés en ti más allá de una noche de sexo desenfrenado. Llegaste justo a la edad del “a mi antes nunca”, y es que si, después de salir a jugar con tus cuates un partido de fut en domingo mientras se asa la carne y te tomas unas chelas, al otro día te duele el coxis, o la espalda completa y es cuando dices: “¡Que raro, a mi antes nunca me había dolido”

Definitivamente ya no te avientas como el borras contra la pared y mucho menos en tacones, te buscas unos buenos tenis y disfrutas el camino hacia la puerta que está a la vuelta de esa pared que tanto te llama. Puede que la llave haya estado siempre en tu bolsillo y te des cuenta hasta que hayas tocado varias veces esperando a que alguien la abriera.

Pasando los 35, entras en poder absoluto de tus decisiones, ya nadie es más importante que tú y ya hasta le agarraste el gusto a eso de ser la tía borracha de los gatos, y probablemente tus papás o tu familia te consideren como la solterona de la familia y la idea de sacarte en rifa la han abandonado, pero ya nadie te corretea. Las borracheras y las fiestas las cambiaste por barecitos de vez en cuando o reuniones en casa con amigos, el ruido de la música a todo volumen y el tener que gritar para pedir un whisky pintadito – si claro, ya no sólo tomas cerveza - ya no es algo que te entusiasme. El amor, te ronda de diferentes maneras, ya no te clavas con cualquier bestia que te invite a salir, incluso si no te llama ya ni lo buscas, seguro tendrás mejores cosas que hacer. La vida deja de ir tan de prisa, aunque el tiempo sigue pasando volando, te levantaste en la mañana, te bañaste y de repente ya es de noche y hay que dormir, sientes que no hiciste nada, pero en realidad hiciste mucho.

El sexo sin compromiso se convirtió en tu mejor amigo, los fracasos amorosos ya no te pegan tanto y no eres presa fácil de cualquier hombre con bajos deseos que te pinta un mundo de colores para conseguir un rato de diversión, prefieres la claridad, a las ilusiones que se esfuman con el amanecer.

Justo en este tiempo es cuando te das cuenta de toda la razón que tenían tus padres, que ser adulto es muy difícil y que te hubiera gustado vivir tu juventud de una manera más consciente de que pasaría en un abrir y cerrar de ojos, a veces entras en lapsus brutus depresivus en los que quisieras encontrar la máquina del tiempo, regresar y aprovechar esos momentos con tus cuates de la escuela, ser mejor estudiante, empezar a ahorrar para tu vejez – porque a esta altura de tu vida, aún no tienes un peso para tu jubilación -, tal vez negarte a salir con ese hombre que te cambio la vida y cuando te llamé, decir “aquí no vive” y pasar más tiempo con tus padres sin pelear.

Las amistades que aún tengas de la escuela o los que generaste después, si aún los tienes, parecen ser los verdaderos y los de toda la vida, esos que conocen la horrible persona en la que te has convertido y que vivieron contigo momentos inolvidables de diversión y de locura, que te aceptan con todos tus demonios y con todos tus defectos, que están contigo en las buenas, en las malas y en las peores. Es posible que tengas más de un gato o tu perro tenga más de 5 años y te hayas suscrito en diferentes páginas de cocina de los que hayas sacado más de una receta, que seguro, ya te quedan muy buenas y presumes en tus redes sociales, porque se vale presumir que uno es más que memes y odio contra el sistema.

Cuando te acercas al cuarto piso, la pared ya no te importa, pero además, esas caídas que te diste antes, te chingaron las rodillas y tal vez haya alguna barda pequeña por ahí desde la cual puedas observar pasar a todos los que van corriendo para azotarse contra ella, sin duda te divertirás un rato o tal vez prefieras irte a tu sillón a ver netflix en pijama con un café, mientras esperas que lo que está detrás de la pared llegue a tu puerta y si no llega, tampoco te acongojas, es más fácil buscar entre las llaves que has acumulado durante todo este tiempo, cuál abre alguna de esas puertas de la pared.

¿El amor? ¿Qué es el amor?... a estas alturas dejaste de ver el amor como una ilusión, como esa cosa que se te mete en el cuerpo y te hace sentir cosas en la panza, que en realidad pudieron haber sido lombrices. Eres capaz de rechazar a todos aquellos que alguna vez formaron parte de tu vida y creías que serían “para siempre” – cinco meses o un año si bien te fue -, pero también de rechazar a los que recién conoces, porque ya te basta a veces con una primera impresión, con una sola salida para saber qué es lo que ese que te anda rondando quiere y si no te late, simplemente no te andas por las ramas y le dices que no gracias.

Valoras más a las personas por lo que son, te das cuenta que lo que buscas en una pareja no es lo que toda la vida creíste, que una cara bonita no le gana a una sonrisa, que el dinero si importa, pero para que aporten los dos, que no tenga broncas con su ex es básico, porque a estas alturas casi todos tienen al menos, una tóxica en su haber, que la química y las risas nunca falten y que el que les gusten las mismas películas es importante.

Supongo que cuando pase mis 40, tendré otra perspectiva, y hasta que eso pase, seguiré sentada en mi sillón con mi café, esperando la siguiente temporada de La Casa de Papel.

 
 
 

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