Independencia...
- 28 jun 2020
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Tarde o temprano, llega un momento en la vida en la que no te hace falta nada más; en la que estás tan en armonía contigo mismo y con tu entorno, que todo fluye de manera natural, en el que todo en tu vida te gusta y lo que no, lo dejas pasar.
Pero como dice mi mamá “de lo bueno, poco”, y más o menos durante unos dos o tres años, cuando aún vivía en la gran ciudad, tuve este gran momento, en el que tomé las riendas de mi vida, agarré al toro por los cuernos y salí – ya estaba grandecita – de casa de mis papás, con mi chamaca bajo el brazo y con mis padres en contra de mi decisión, hacia la ¡¡INDEPENDENCIA!! – aquí es donde te imaginas que esta palabra brilla con intensidad, como un gran espectacular de luces- pero en realidad es porque así se llamaba la colonia: Independencia.
Este nombre tiene un doble significado para mí, porque en realidad si fue el paso contundente para la independencia personal.
Ubicada en las entrañas de la ciudad, en uno de los puntos más céntricos de ésta, donde tenía el Eje Central a una cuadra, la calzada de Tlalpan y la estación Nativitas de la línea 2 del metro a diez minutos caminando y ahí mismo el Wal-Mart, centros comerciales, grandes restaurantes, bares, taquerías a cualquier hora, a 20 minutos de mi trabajo en la Condesa, cuatro panaderías con estilos diferentes (los chinos, la repostería, la francesa y la tradicional) a menos de cinco minutos cada una y comprábamos unos maravillosos panes de hojaldre crujiente y suave por dentro con relleno de chocolate crocante… ¡delicioso!, y con el mejor mercado de la ciudad que abría a las 7 am y cerraba a las 8 pm a tan sólo cuadra y media. Era la ubicación perfecta para mí, Serafin Olarte, la calle ideal.
Llegamos a ese departamento en el 3er piso de cinco en un edificio, que pertenecía a un condominio de cuatro en total; era sencillo, no había elevador y en el espacio de las zotehuelas se hacía un gran eco, las paredes de ladrillo rojo eran como de papel – de lo que uno se entera en ese lugar –, y con sólo nuestra ropa, la tele, algunos utensilios de limpieza que tuvimos que comprar y otros de cocina y sartenes que me había dado mi papá para empezar, emocionadas y con miedo por este nuevo andar, con una sola cama matrimonial que había comprado en un bazar (en realidad se la compré a una amiga, pero bazar rimaba más).
Nadie nos ayudó, sólo mi hija y yo, cansadas de las vueltas de la mudanza, subir y bajar tres pisos, más el del sótano del estacionamiento, pasamos la primera noche en nuestro nuevo hogar. Durante un par de semanas comprábamos comida y comíamos en la cama, el refri fue mi primer compra con lo de la tanda, fuimos muy felices cuando lo vimos llegar, mientras tanto, guardábamos la leche y el jamón en una hielera, el departamento parecía más grande de lo que era cuando llegamos, nos hacían falta tantas cosas, los gastos habían sido más de lo que yo esperaba y el dinero empezó a escasear, se acercaba el pago de la siguiente renta, el del agua, la luz, el mantenimiento, la internet y la despensa, rogaba porque no enfermáramos para no tener más gastos que contemplar.
Los primeros meses fueron difíciles de sobrellevar, con algunas carencias y con poco dinero apenas la pudimos librar, pero la vida no te pone pruebas que no puedas superar, llegaron un par de proyectos independientes que me dejaron una lanita extra y luego un ajuste de sueldo con lo que pude respirar. No todo fueron gastos y trabajo, también hubo una gran angustia que no me dejaba dormir, permití sin darme cuenta, que alguien metiera ideas en mi subconsciente y al paso de unos meses se convirtió en ansiedad silenciosa, vivía con miedo creyendo que alguien intentaría entrar y hacernos daño, en la calle me sentía acosada por las sombras de los árboles que me asustaban cuando sacaba al perro, tanto así, que deje de salir a pasear y por las noches juraba, a punto de un colapso, que había alguien forzando la puerta de la casa, cuando en realidad era el viento de otoño.
No sé cuánto tiempo pasó, fui a terapia y terminé tomando ansiolíticos y antidepresivos, ¡Dios! ¿En qué momento llegué a eso? no tengo idea, pero pedí ayuda y es lo que importa, darte cuenta que no estás bien también se vale, pues a veces necesitamos reconocer que hay cosas que nos superan, que por más fuertes que seamos, hay cosas con las que tu cuerpo y tu mente no pueden cargar y está bien pedir y recibir ayuda, eso nos hace más fuertes al final.
Cuando me sentí mejor deje el tratamiento y continúe por mi cuenta, trabajando en mis emociones, identificando mis momentos de crisis y respirando profundo, contando hasta diez…mil pero, sobre todo agradeciendo cada día de mi existir al universo, el despertar cada mañana, el tener salud y estar viva, bajo un techo y en una cama que me arropaba - mientras escuchaba a mis vecinos haciendo la cabecera retumbar -, con el amor de mi familia y el de mis amigas, así fue como llegué a ese momento en el que todo empezó a fluir con una energía positiva, aunque el ajetreo diario y la adaptación a la nueva forma de convivencia sólo entre mi hija y yo no fuese sencilla – sigue sin serlo, pero ahí la llevamos -.
En poco más de un año, habíamos completado los básicos de la cocina, algunos donados y otros comprados, una cama extra, un sofá y el comedor más hermoso del mundo que nos regaló mi papá, ya todo tenía más forma y las cosas estaban en calma, los miedos habían desaparecido y la confianza volvió a mí, caminé de nuevo por las calles de alrededor del depa, aunque evitaba hacerlo por las noches o en las que eran solitarias, comencé a salir de nuevo a bailar a ese lugar del centro al que tanto me gustaba ir, donde no hay complicaciones para entrar, iba casi siempre sola, con ropa fresca y con bolsillos para el dinero en efectivo, las llaves de la casa y mi celular, con las manos libres para poder disfrutar y unos buenos tenis para rumbear.
El lugar era un refugio de salseros y se convirtió en mi lugar favorito de los viernes, hice amigos en las clases de salsa y bailábamos hasta las dos de la mañana, después de tener los pies cansados y el alma en calma, esta calma que sientes cuando todo fluye en gratitud, salía de nuevo sola, caminaba con precaución cerca del metro Hidalgo hasta el eje central, cruzaba la Alameda y admiraba Bellas Artes iluminada, esperaba el trolebús y era muy chistoso ver que al cabo de un par de parabuses más, este se había llenado como si fueran las seis de la tarde (son de las cosas que extraño de la Ciudad) principalmente con chavos que iban saliendo de los bares y los antros de la zona, el transporte era como un after que se iba vaciando poco a poco conforme avanzábamos en el camino.
En cosa de 15 minutos y por 4 pesos, llegaba a la parada que estaba a unos 100 metros del condominio, casi siempre bajaba sola, caminaba de prisa hasta la puerta donde un vigilante amable y bonachón con una gran sonrisa me decía “buenas noches señorita”, subía las escaleras del edificio, llegaba a casa, me asomaba en el cuarto de mi hija y me gustaba verla dormir profundamente, después a mi recamara para quitarme los tenis y ponerme la pijama, retirar el maquillaje, lavarme la cara y cepillarme los dientes para después, acurrucarme en mi cama, rendida y adolorida de tanto bailar pero feliz, feliz porque aunque no todo estaba bien, entendí que lo que iba a ser sería y lo que no, pues no; deje de empujar y empujar para forzar las cosas, deje de preocuparme por lo que no estaba en mis manos hacer y a disfrutar cada momento de mi vida.
Pero como decía, este momento en el que todo está bien no dura tanto, y como podrán haber notado, la locura la he llevado siempre de la mano y aunque tenía un trabajo que me daba para vivir así de bien, el departamento perfecto y mi vida estaba en calma, sabía que ese no era mí lugar, y buscando una mejor calidad de vida para ambas, dejamos todo, renuncie al trabajo, vendí el hermoso comedor, el refri, el sofá, las camas y dejamos el departamento para emprender un nuevo vuelo, con el corazón lleno de esperanza y los sueños en papel hacia otra gran ciudad.



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