Independencia ... (2a parte)
- 14 ago 2020
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Después de haber salido de la gran ciudad hacia un nuevo destino, con el entusiasmo a tope y el corazón cargado de ilusiones, el camino a la Independencia total, era un hecho.
Habíamos llenado la camioneta con lo indispensable, ropa de calor, la tele, esos utensilios de cocina básicos que habían sido parte de mi vida dos años atrás, algo de herramienta y dejamos el espacio necesario para nosotras y nuestro perro, que obvio no podíamos dejar y que pacientemente nos acompañó durante el viaje que de 14 o 15 horas se convirtió en uno de poco más de 24, con sus respectivas paradas al baño, a comer algo, a estirar las piernas y a dormir.
Con mucha ilusión, pero también con mucho miedo y con sentimientos encontrados entre la emoción de vivir en otra ciudad, cerca de la playa, un lugar tranquilo donde mi hija podría salir a la calle sin temor y donde había un sinfín de oportunidades para ella, y al mismo tiempo, con la gran tristeza de dejar a mi familia, a mis amigos, mis amores y 35 años de vida en esa ciudad, nos fuimos alejando poco a poco, encontrándonos con un camino lleno de baches, una autopista desconocida y hasta peligrosa, con frío y con lluvia, pero que cruzamos con mucho cuidado y a baja velocidad sin detenernos, porque es bien sabido que es una zona peligrosa, para poco a poco encontrarnos con caminos más amables, autopistas limpias, sin baches y totalmente rectas.
Conforme nos acercábamos, el camino iba siendo cada vez más bonito, cruzamos parte de éste sobre la costa y respiramos el olor del mar, admiramos la belleza de su inmensidad y el sol nos llenó con su calor, brillando intensamente. Ya nos esperaba nuestro nuevo hogar, una casa sencilla, rentada gracias a las maravillas de la tecnología y la internet, tenía algunas cosas básicas como el refrigerador, un horno de microondas, una estufa, una mesa, una cama y un aire acondicionado, que fue lo primero que encendimos cuando llegamos.
La casa tenía un árbol con una copa enorme que nos daba mucha sombra, un patio grande para que el perro pudiera correr, ventanas amplias donde el viento corría, refrescaba la sala y me apagaba el fuego de la estufa; nos dimos cuenta que la casa también venía con grandes iguanas que caminaban en las tardes por las orillas de las bardas y que con frecuencia enviaban a sus amigas lagartijas a hacernos compañía dentro de la casa; algunas veces nos encontramos con algunas sorpresas un tanto menos agradables que esas, pero aprendimos a convivir con ellas y el insecticida fue un gran aliado.
Nos encontrábamos en una zona que yo no conocía, con casas vacías y pocos vecinos, lejos del centro, pero no importaba; con rapidez nos adaptamos, desempacamos todo y nos dimos a la tarea de conocer un poco la zona, encontramos la tiendita más cerca, el Oxxo, la lavandería, la costurera y las escuelas, teníamos sólo algunas semanas para hacer los trámites y comenzar con nuestra rutina de siempre. Todo había empezado bien e iba de acuerdo a lo planeado.
Nos tocó también cambiar nuestros hábitos alimenticios y nuestras rutinas diarias, ya no caminamos como antes porque no aguantamos el calor, ya no comemos nada caldoso y nuestras comidas pasaron a ser “nada caliente”, prácticas y rápidas de preparar para no pasar mucho tiempo frente al fuego y así evitar aumentar el calor, los mercados de cada colonia acá no existen, así que engordamos con los empaquetados del supermercado.
Las dificultades comenzaron cuando la promesa de trabajo se esfumo y los conocidos se volvieron desconocidos, cuando no me llamaban para las entrevistas de trabajo porque en mi curriculum decía que no era nativa del lugar, pero yo era positiva y sabía que encontraría algo pronto, aunque nuevamente, como hacía dos años antes, los días continuaron su ritmo acelerado hasta llegar el primer mes y había que pagar la renta, habíamos ahorrado y con el dinero de los muebles que vendimos, podíamos sobrevivir varios meses, pero las cosas nunca salen como uno las planea y un fuerte accidente de auto, un mal entendido con la aseguradora y el nulo apoyo del ajustador, me hizo responsable y perdí más de la mitad de lo ganado.
Fueron meses de mucha angustia y desesperación, noches largas de llanto y duda que invadían mis pensamientos, una soledad inmensa y unas enormes ganas de tirar la toalla, abandonar los sueños de una vida mejor para volver al cobijo de mis padres, derrotada y destrozada, para el siguiente día continuar con la batalla. Mi ánimo volvía con el sol, la esperanza de cumplir mi sueño despertaba todos los días con la búsqueda incansable, hasta que al fin, gracias a la recomendación del amigo de un amigo de mis amigos, alguien confió y creyó en mí, abrieron las puertas de la oportunidad y comencé a recuperar mi brillo, confundida y abrumada por las responsabilidades de la nueva chamba, era algo totalmente desconocido, no tenía ni una gota de experiencia pero alguien me dijo alguna vez “en la vida, hay dos tipos de personas exitosas: las que saben y las que ponen cara de que saben. Tú, pon cara de que sabes y ya luego averiguas como se hace”
Fue el mejor consejo que en ese momento pudieron darme, yo no tenía ni puta idea de lo que tenía que hacer, ni de lo que estaba haciendo, pero el miedo de volver a esa ciudad de la que salí con tantas ilusiones, la necesidad y las ganas de lograr cumplir mis sueños, me impulsaron como un cohete, me llené de energía, aprendí el sistema, investigué, estudié e hice planes y propuestas para implementar estrategias y llevar al éxito ese proyecto ambicioso que se aplicaba en tres estados de la República del cual, yo era totalmente responsable y por el que terminé en el hospital dos veces con una colitis grave.
Armé un equipo de mujeres valientes y trabajadoras que se convirtieron en mis aliadas, trabajamos días enteros y fines de semana hasta lograr el objetivo, cuando me di cuenta ya nadaba en aguas menos turbias, había logrado el respeto de mi cliente y el reconocimiento de mi jefe, lo que un tiempo atrás había sido una pesadilla, dos meses después era un mal recuerdo.
La vida me llevó por otros caminos, me arriesgué en otros proyectos y no me fue como esperaba, pero tampoco fue tan malo, nos cambiamos de casa a una más al norte pero más cerca de la escuela de mi hija, una casa más grande, con más luz y en una zona más habitada, las iguanas enormes ya no pasean por nuestras bardas pero de repente se dejan ver algunos tlacuaches corriendo entre los terrenos cercanos, las lagartijas siguen siendo visitantes frecuentes y de vez en cuando algunas otras visitas de esas no tan agradables se dejan ver, sobre todo cuando hay humedad o mucho calor, pero nada que el insecticida no ahuyente desde la puerta principal.
Adaptarnos a la cultura, a la ideología y a las formas de ser de los nativos, fue complicado, había que bajar el ritmo al que veníamos llevando nuestra vida, acá todo es más tranquilo “tu prisa no es mi prisa” me dijeron una vez y entendí que llevar el pie en el fondo del acelerador no era necesario, afortunadamente encontramos gente buena en nuestro camino, personas que nos tendieron una mano, compatriotas de esa gran ciudad que habían llegado acá por trabajo o decisión propia, pero todos con el mismo objetivo, tener una vida mejor.
Yo llegué a esta ciudad con ínfulas de “muy chingona” y me encontré de frente con una enorme pared que me hizo ver mi suerte, sortear grandes dificultades, que hicieron que el camino hacía mi objetivo no fuera en línea recta; hoy, tres años después de haber dejado la gran ciudad, no estoy donde yo quería, he tenido que modificar la ruta, pero no me desanimo y estoy segura que es sólo un camino más largo y tal vez más seguro para llegar al objetivo.
Nuestra vida en esta ciudad, ha sido como cuando salimos hacia acá, al principio estuvo lleno de baches en una zona desconocida, avanzamos lento pero sin detenernos, con el corazón a tope de emociones y poco a poco, vimos mejorar nuestro camino hasta llegar a esa zona estable y amable que buscábamos en línea recta.
Hoy disfrutamos del poder salir a caminar a cualquier hora del día o la noche, de poder cruzar la ciudad completa en 30 minutos y que si algo nos queda a más de un cuarto de hora ya es lejos, de la paz de nuestra casa, de ver correr al perro de arriba abajo tratando de cazar a los gatos de la calle, una ciudad donde el tráfico te retrasa 10 minutos y no dos horas, de poder llegar a la escuela de mi hija en 15 minutos y yo, a mi trabajo en 10 más.
No sé qué será del mañana, la vida tiene planes a veces incomprensibles y diferentes a los nuestros, pero hoy disfruto de los caminos empedrados alrededor de mi casa, de la tranquilidad y la belleza de esas grandes construcciones coloniales con un estilo afrancesado del centro, de espacios libres de edificios altos y de zonas con más árboles, de saludar a los vecinos y sonreír a la gente en el supermercado, de la oportunidad de subir las toallas y la sombrilla al auto y lanzarnos a la playa cualquier fin de semana.
Estoy lejos, si, lejos de mi familia y mis amigas que tanto extraño, a quienes muero por abrazar y con ellas tomar café por las tardes, extraño recostarme en la cama de mi mamá mientras me cuenta lo que le platicó mi abuela, de ver la tele los fines de semana en el sillón con mi papá y de ver entrar corriendo a mis sobrinos por la puerta de la casa; extraño hasta subirme al metro y viajar en trolebús en horas de poca afluencia, pero no cambiaría por nada la serenidad de las noches en mi cama, el cantar de las aves por las mañanas y el alboroto que hacen por las tardes, los atardeceres en tonos naranjas y morados, el ambiente relajado, la heladez de diciembre y las sonrisas amables.
Amo vivir en Mérida, es como vivir en esos pueblos de las películas, donde en la plaza, en el parque, en el cine y en la fila del supermercado me encuentro a alguien que me conoce, es posible ir a cenar a alguno de los muchos restaurantes y poder ver que en la mesa de al lado está algún amigo, saludar al chef que también conozco y que por muy famoso que sea, es un amigo más; poder sentarte a disfrutar de la serenata de los jueves en Santa Lucia y pasar entre las filas saludando a más de tres que también van a disfrutar de un poco de música de trova y de poesía yucateca, mirar a las mujeres portando sus hermosos huipiles con todos sus accesorios calmarse el calor con un hermoso abanico y los hombres orgullosos vistiendo su guayabera blanca y un sombrero, son parte de las tradiciones y de la magia de este lugar, que lo hacen ideal y hoy, es mi hogar.



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