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Mi padre y sus triángulos perfectos.

  • 3 jun 2020
  • 4 Min. de lectura

Soy honesta si les digo que extraño mucho la época en la que no tenía que pensar tanto en las consecuencias de mis actos, en las que si algo salía mal trataba de arreglar las cosas por mi cuenta y cuando ya no podía más, iba donde mi padre para contarle – todavía lo hago, pero menos – con los nervios hasta el cielo porque sabía que él me iba a regañar por no haberle contado antes e intentar solucionarlo a tiempo y no cuando la bola de nieve ya era una avalancha, pero de todos modos él encontraba la forma de sacarme del desmadre, no sin antes haberme dando unos buenos cocos o haber esquivado el control remoto de la tele.


Aún tengo muy claras mis primeras borracheras, en las que llegaba a casa a las 9 de la noche con gafas obscuras puestas y mis chicles de menta, siempre me preguntaba “¿tomaste?” y yo lo negaba, obvio porque en mis tiempos – si ya soy lo suficientemente grande para decir esa frase – de verdad le temíamos a nuestros padres y no iba a tener el descaro de decirle “si, me eche unas chelas con mis cuates”, ¡no, jamás!, si creo que todavía le tengo miedo y respeto, aunque ya estoy en la edad en la que yo también los regaño a ellos, ¡mmmh!


Una vez le dijo a mi hija "a tu madre no le mientas nunca, ella se sabe todas las mentiras habidas y por haber" y fue ahí cuando me di cuenta que nunca lo engañé, porque él también se sabía esas mentiras.


De él aprendí a ser honesta conmigo misma y con los demás, porque de todas formas la verdad siempre se sabe y es mejor saberla desde el principio, por más dolorosa que ésta sea, a tratar de ocultarla con “mentiras piadosas” que sólo te llevan a decir grandes mentiras para tapar esas pequeñas que dijiste por evitarte un sermón o un castigo.


Me gustaban - aún me gustan - los raves y las fiestas de música electrónica, me iba cada que podía y una vez mi madre me dijo "sacaste lo loca de tu padre", porque él fue de los que estuvieron en Avándaro en el 71, así que creo que por eso no era tan duro conmigo y hasta creo que en algún punto de su vida, se vio reflejado en mi.

Recuerdo que primero me regañó por usar pantalones cholos y luego por usarlos muy ajustados, siempre celoso de mí, no sólo me protegía, sino que me enseñó a cuidarme. Gracias a él aprendí a andar en la calle y en el metro, muchos de los recuerdos que tengo de él son cuando viajábamos en esos trenes anaranjados con vagones que siempre parecían vacíos para llegar a casa de su madre, mi abuela; me enseñó por donde caminar para no estorbar, a tomarme en serio el ir con cuidado y a no confiar en toda la gente, a defenderme de los que intentarían engañarme por ser joven e inexperta.


Me enseñó que la valentía no siempre tiene que ser a golpe y porrazo, que el defender siempre quien soy en forma y pensamiento, aceptar mis errores y enmendarlos, es más valiente que soltar un puñetazo, y para aprender a soltar chingadazos practicaba con mis hermanos. Él me enseñó a andar en bici y a levantarme de cada una de mis caídas, a perseguir mis sueños y luchar por lo que quiero.


De mi padre también aprendí la importancia de las matemáticas y lo hermosas que pueden ser - ¡claro! Después de unos buenos zapes, uno aprende porque aprende -, dibujaba perfectos triángulos equiláteros para explicarme geometría, aunque nunca logré tenerles tanto amor como él; las entiendo y me gustan, pero más por lo que significan para él que por que realmente sean bonitas, y menos cuando se complican con fórmulas y procedimientos laboriosos. Lo mío es ser más práctica, me gustan las cosas simples y directas.


Soy fan de los Delfines de Miami más por un tema emocional que porque realmente sean buenos, - si ya sé, nunca han sido buenos - pero soy fan porque él es fan y punto. Desde niña disfruté los domingos de temporada viendo largas horas de partidos de la NFL o de películas de acción a su lado.


Con el pasar de los años me he descubierto cada vez un poco más en él, recorro la casa apagando las luces, acomodando los tuppers en el cajón de la cocina por tamaños y formas o poniendo orden en el refri para que todo se enfríe de manera homogénea, aprovechando más los espacios y a veces pensando más en el futuro, ojalá hubiera aprendido a ser más como él desde hace mucho.


Dicen que el papá de una niña es el primer amor de su vida, yo creo que mi padre es el más grande amor de toda mi vida. Ojalá la vida fuera tan buena conmigo como lo fue con mi madre y me bendiga con un amor tan grande, tan bondadoso y desinteresado, como el que tiene mi padre por mi madre, cuidando siempre de ella y siendo un buen ejemplo para mi y mis hermanos.

 
 
 

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