Porquería...
- 6 jun 2020
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Y es que hasta hace algunos pocos años yo creía que el amor era una porquería, tal vez porque me había dolido tanto sentirlo que llegó un punto en el que preferí... ya no querer sentirlo; como JuanGa, pensaba que yo no había nacido para amar y que nadie nació para mí – ya saben que soy fatalista-, o tal vez en realidad es que no lo conocía en todas sus formas, incluso llegue a decir que no existía; pero el destino me ha dado la dicha – y la desdicha también – de conocer a mucha gente, algunas que se han quedado por largas temporadas y otras que parece que van de paso.
De una u otra manera, casi todas han tenido algún impacto en mí, gracias a ellas he aprendido muchas cosas, he conocido el valor de la amistad y la confianza, el respeto a las diferencias de pensamiento, de ser y de actuar, descubrí que puedo sentir admiración y agradecimiento infinito, así como también he sentido rabia y frustración, pero lo mejor de todo, es que he conocido el amor en distintas formas.
El amor fraternal, ese que se siente por los grandes y entrañables amigos, aquellos que te acompañan en los caminos de la vida (se vale leerlo cantando), que te hacen segunda en tus locuras tontas como tomarte fotos brincando un charco o hablarle al chico que te gusta, o incluso, llevarle el regalo de cumpleaños hasta su casa porque tú estás lejos. Se vuelven tus cómplices y confidentes en los días difíciles, puedes confiar más en ellos y sentir más amor por ellos que por algunos miembros de tu familia, se convierten en tus hermanos de vida. Te emocionas por sus logros y los miras siempre en tu andar, creo que más que a una pareja; sus hijos se vuelven tus sobrinos y sus éxitos se vuelven los tuyos, estás ahí no sólo en las buenas, sino en las malas y en las peores, te cortarías una mano por ellos, eso sin duda, es amor.
El compañerismo es otra clase de amor, es ese sentimiento que tienes por tus amigos de desmadre o tus compañeros de oficina, con quienes convives muchas horas por largas temporadas, que no con todos te llevas bien pero son como una familia, pues llaman a los clientes como “tíos” – “Hay que enviarle el reporte a tu tío para mañana”- ; sabes que no darían la vida por ti, ni tu por ellos, pero cuentas con ellos para darle duro a la chamba cuando hay que sacar los reportes para el cliente; son con quienes compartes ideas y hasta la comida, te cantan las mañanitas en tu cumpleaños, parten pastel y te dan regalitos; cuando no los ves, hasta los extrañas; se hacen bromas y se divierten juntos mirando memes o haciendo historias de las fotos que revisan de la gente que conocen – este tiene cara de “y ahora ¿qué está diciendo este pendejo?”, Y este otro, tiene cara de “se me hace que si me hizo daño la quesadilla de anoche”-.
La vida sin duda tiene gratas y hermosas maneras de sorprendernos, de hacernos sentir que vivirla, vale mucho la pena.
Y, por último, no menos importante, sino porque merece más espacio: “l'amour” (el amor, para quienes no saben francés). El amor de pareja es algo que hasta ahora, a mis 38 años no puedo definir con claridad, pero es sin duda un sentimiento que, sobre todo durante toda nuestra juventud muchas veces confundimos con amistad, con deseo, con pasión y enamoramiento, pero, aunque no tengo claro cuáles son las palabras exactas que lo definan, estoy segura que es cuando por esa otra persona, sea como sea – cada quien sus gustos -, cuando lo ves o piensas en él (o ella) sonríes desde tu corazón y se te llena el alma, porque te da una enorme alegría con sus logros y deseas que tenga muchos más, sientes admiración y ésta la descubres cuando te miras orgulloso de la calidad humana que habita en él, cuando sientes respeto por sus ideas y por su trabajo, cuando lo escuchas hablar sobre sus amigos o familia y sonríes, porque te gusta lo que ves y lo que dice, porque lo encuentras honesto y real; cuando te platica su vida, te das cuenta que te hubiese gustado estar ahí en esos momentos de sufrimiento o tristeza, pero también en los de grandes alegrías, que cuando lo ves sonreír mientras recuerda su niñez, una voz en tu interior te dice “es aquí, estás en casa”.
Y sabes que es el lugar correcto, porque cuando estás con él, eres tan tú, sin falsas poses pretendiendo ser la mujer perfecta, no importa cómo te veas, él te hace sentir hermosa, y te sientes tan cómoda que comes esa hamburguesa gigante sin importante como luzcas, porque él te mira y sonríe, tal vez piense “se le escurrió la caátsup” y de eso le dé risa, pero no importa, igual él se ve chistoso tratando de encontrar el lado perfecto para pegar esa gran mordida mientras evita ensuciarse la camisa y te comparte de sus papas, se hacen bromas y platican sobre cómo estuvo su día, hacen planes para la siguiente salida, se despiden con un beso, una agarrada de nalga y vuelves a la rutina con una gran sonrisa.
No importa que para llegar a este punto, hayan tenido que pasar por una gran montaña rusa de emociones, de momentos buenos y malos, que de tanto subir y bajar en algún momento hayas pensado en bajarte definitivamente, la realidad es que justo antes de bajarte, te das cuenta que disfrutaste del viaje y que ha valido la pena. Que valió la pena tener paciencia, y no desistir, porque los momentos felices a su lado pesan mucho más que los malos, que las risas y las comidas juntos son más importantes que los disgustos y que los besos con sonrisas, los abrazos con cosquillas, los “te amo” mientras hacen el amor y las inmensas ganas de no separarte de él jamás, te hacen sentir una gran tranquilidad, como cuando te sientas frente al mar y el sonido de las olas te llena de paz, pero al mismo tiempo tu corazón está a punto de estallar, tu piel se eriza y tus ojos brillan tanto, que irradias felicidad.
Y este amor, es tan grande y tan perfecto, que no importa que estén lejos, si no se llaman o se ven diario, aunque tu corazón lo anhele; aceptas que tiene una vida y un mundo que no es el tuyo ni eres tú, pero sabes que estás ahí y él sabe que vive en ti, pues tus sonrisas al aire cuando estás sola, son porque tus pensamientos están con él, porque anhelas el día en que lo vuelvas a ver para llenarte de ese olor que guardas en tu memoria como exclusivo de él, esa combinación de perfume con cigarro que lo hacen único y que te llega justo ahí, a la decisión, a ese lugar dentro de ti que te hace estar segura de que es con él con quien quieres estar siempre, aunque ese “siempre” no tenga fecha de empaque ni de caducidad, no importa la hora y el día, ni el tiempo que pase, sólo deseas volver a mirar la sonrisa que ilumina su rostro cuando te ve salir del elevador, para correr a sus grandes y fuertes brazos que te envuelven por completo y los segundos se detienen, no importa quien los mire, en ese momento, sólo están él y tú en el universo.



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