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¡Ser Chilango es muy chingón!

  • 24 jul 2020
  • 5 Min. de lectura

Chilango en realidad es el nombre que se les da a las personas de provincia que radican o radicaron en la Ciudad de México, para los nacidos ahí, el gentilicio, antes de que cambiara de nombre, era defeño pero la gente decidió ahorrarse diferencias e identifican a todos los provenientes del DF como Chilangos.


Conocido o llamado por muchos como México, mientras que para los chilangos de corazón, la CDMX siempre será el D.F. o el Defectuoso, es un lugar hermoso que un gran número de personas ven como una ciudad llena de peligros y otros tantos - sobre todo los de provincia - donde abundan las oportunidades para cumplir los sueños.


Para quienes tuvimos la fortuna de nacer o vivir ahí, sabemos que además, es un gran monstruo que te consume, del que nos quejamos todo el tiempo, pero que vivir en ella es lo mejor que nos pudo haber pasado, ser chilangos es símbolo de orgullo a donde quiera que vayamos, tenemos el código postal tatuado en nuestra piel.


Existe una relación tóxica entre los habitantes de esta gran ciudad y la misma, odiamos el tráfico, la violencia, la inseguridad, la cantidad de habitantes que en ella transitan día con día y los retrasos en el transporte público, pero todos los días salimos de nuestras casas para hacer vibrar la ciudad con nuestra presencia, cuando un chilango se levanta, el infierno arde un poco más.


Tenemos fama de gandayas y de aprovechados, de rateros y de cabrones, pero en realidad somos sobrevivientes de una jungla en la que la ley es la del más fuerte, del que no se sabe dejar de los demás; es una constante batalla por ser mejores, porque hay un millón más de cabrones luchando por lo mismo que tú, por eso hemos aprendido a mejorar la versión de nosotros mismos cada mañana; aquí el que agarra lugar en el metro a primera hora, es porque se levantó más temprano y se puso listo cuando llegó el convoy vacío, como ese tren de las oportunidades en el que todos buscamos un lugar y que se va lleno de guerreros dispuestos a perder hasta un zapato o meterse por las ventanas, con tal de no perder el bono de puntualidad.


Somos capaces de recorrer grandes distancias, de punta a punta de la ciudad, en un camino de dos o tres horas diarias para llegar a nuestros trabajos y no importa, porque tenemos trabajo y somos de los afortunados que tienen una oficina donde llegar, no sin antes haber pasado por la torta de chilaquiles los viernes para desayunar, aprovechamos las promociones Godinez en la Condesa y nos relajamos con los compañeros de la chamba luego de una larga semana de trabajo, para después salir corriendo de regreso y alcanzar el último tren del metro para llegar a nuestras casas del otro lado de la ciudad, odiamos el metro pero no podríamos vivir sin él.


Esta ciudad es sin duda un lugar lleno de grandes maravillas, hermosos edificios coloniales que guardan entre sus rincones una parte importante de la historia de nuestro país, calles empedradas llenas de gente recorriéndolas a pie los fines de semana, haciendo fila en los restaurantes de Coyoacán; algunos no tan pudientes, están a la caza de una banca libre para poder sentarse mientras miran la vida pasar o caminando alrededor del kiosko disfrutando de un helado o un elote, algunos más prefieren la larga fila del café El Jarocho y una dona en alguna de sus sucursales y unos tantos más, se lanzan a luchar hombro con hombro por las calles del Centro Histórico, recorrer La Alameda y admirar Bellas Artes, tomarse fotografías y ver el espectáculo de mimos, mientras algunos chicos practican acrobacias en patineta y los más fit lo recorren en bicicleta, para después aventurarse, resguardando muy bien sus pertenencias, a caminar tranquilos por Madero y buscar un bar donde beber un par de cervezas con amigos mientras llega la noche.


Las luces de la ciudad poco a poco van iluminando los altos edificios de Reforma e Insurgentes, se prenden los espectaculares de los restaurantes y los antros de Polanco; dando gala de sus mejores ropas, como en pasarela, comienzan a llegar los jóvenes y no tan jóvenes, a disfrutar de la estrepitosa vida nocturna de la ciudad del miedo, donde en realidad nadie parece tener miedo, bailan y beben mientras el del carrito de los jochos se prepara en la esquina más cercana, listo con ese aroma a tocino y pan caliente que llega hasta el olfato de los más hambrientos después de la fiesta.


Más tarde, antes del amanecer la ciudad cae en un profundo silencio, como si durmiera, sólo unos cuantos transitan por sus calles, en auto o caminando aún con la fiesta en sus venas; se respira un aire de tranquilidad, el personal de limpia con sus uniformes fluorescentes se ve por las avenidas principales y si pones atención, podrás escuchar el movimiento de los árboles con el viento, como arrullando los sonidos de la música combinada con los motores de los autos y las sirenas de las ambulancias.


El domingo por la mañana, los mercados de las colonias populares se llenan de comensales en búsqueda de un buen consomé y unos tacos de barbacoa o una picosa birria para curar la cruda la noche del sábado, algunos más se levantan súper temprano y hacen honor a la tradición llevando a sus chamacos a Chapultepec, como lo hacían sus padres en su niñez, llevan sándwiches y refrescos para sentarse a comer en algún pedazo de pasto seco mientras las criaturitas corren como demonios de Tazmania tras una pelota, se suben a las lanchas del lago y se pintan la carita de su personaje favorito, para llegada la tarde, volver a casa cansados del ajetreado día familiar y listos para volver a la guerra Godinez de los lunes.


Aún no sale el sol y la ciudad despierta, se ve a la gente que vende afuera de las estaciones del metro llegar a instalar sus puestos de comida, de ropa o golosinas, entre otras tantas cosas más, esperando a cada uno de esos millones de habitantes que utilizan este transporte o llegan a las terminales todos los días; poco a poco la ciudad se va llenando de gente que entra y sale del subterráneo como una caja mágica o un transportador, en el que entras, para unos cuantos minutos después, salir en otro lugar de la ciudad; respiras el olor de los tradicionales tamales y un atole calientito, el del pan recién hecho, el de la tinga o los champiñones con queso y el chicharrón prensado de la señora de las quesadillas, así como el del periódico que tiene un par de horas de haber sido impreso, que se pierde conforme te alejas de la zona y la gasolina quemada gana terreno en el ambiente, cambian los aromas por los sonidos de los camiones del transporte público, las bocinas de los autos en medio del ya acostumbrado tráfico de las grandes avenidas, ves a las señoras que barren afuera de sus casas o que ya están regando las plantas, los niños entrando a las escuelas y los papás dejándolos en chinga para irse a trabajar.


Es imposible hablar de todo lo que en esta gran ciudad habita, millones de historias que contar, cientos de lugares que visitar, se desborda de gente buena y trabajadora que se apodera de cada rincón, en ella aprendes a luchar, la guerra es uno contra muchos y aun así, encuentras amigos de verdad, gente que sin conocerte te tiende la mano si te caes.


Para los chilangos, ¡ser chilango es muy chingón! Para nosotros es sinónimo de gente chingona, de gente buena y trabajadora, siempre en búsqueda de mejores oportunidades y encontrarnos con otro chilango fuera de la Ciudad, es como encontrarte con un mejor amigo, abrimos nuestras casas y el corazón porque ser chilango es un símbolo de hermandad.

 
 
 

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