¡No mames! ¡Estoy igualita a mi mamá!
- 24 ene 2021
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Actualizado: 28 ago 2021
Hace un par de años, un día por la mañana al levantarme de mi cama, pasé por un espejo y me puse un pinche sustote, ¡no mames! ¡estoy igualita a mi mamá!
Y es que cuando era adolescente, creía que mi peor pesadilla era convertirme en mi madre, no me pregunten porqué, afortunadamente gozo de una muy mala memoria y no estoy segura de porqué pensaba eso, pero recuerdo con mucha certeza tener ese miedo y conforme ha pasado el tiempo, el amor y la admiración que siento por ella son cada vez más grandes, - viene lo bueno - es una mujer valiente, fuerte, aguerrida, alguien que no la tuvo fácil, pero desde niña se las ingeniaba para divertirse, con un espíritu salvaje que la hacía llevarle la contraria a mi abuelo, a salirse de las líneas e iluminar con colores brillantes sus días grises.
Hace no mucho descubrí, con cierto regocijo, que me estaba convirtiendo en mi padre, teniendo un orden hasta en cómo lavo los trastes y apagando las luces para ahorrar energía, mientras me negaba a aceptar el parecido físico con mi madre, aunque los años han mostrado lo inevitable.
Ahora sé que soy una extraña, o tal vez extraordinaria combinación de la perseverancia, tenacidad y la sabiduría de los consejos de mi padre, la fortaleza y valentía de mi madre, más los gorditos del cuerpo, el cabello chino abundante y el párpado caído, que también son herencia suya.
Cuando yo era niña no me daba cuenta de su valentía y fortaleza, la recuerdo siempre alegre y mal hablada, todo el tiempo yendo y viniendo de un lado a otro, cantando y bailando twist y rock & roll en la voz de Alberto Vázquez y otros más de su época, mientras pasaba la escoba por los pisos de la casa; le gustaban las fiestas, el desmadre – y ella echándole la culpa a mi papá de cómo yo era - y contar chistes, que hasta la fecha le salen muy mal, pero lo intenta. Escucharla contar un chiste es como ver una escena de esas sin gracia del Chapulin Colorado y sus refranes equivocados, pero igual que el programa, a mucha gente le gustan.
Usaba el cabello muy corto, peloncito decía ella, supongo que con cuatro hijos no tenía tiempo para dedicarle a su peinado, todos los días se levantaba a las 5 a.m. para bañarse y comenzar el día. Creo que ella inventó la moda del mandil con las dos bolsas, en ellas guardaba las llaves y su monedero cuando iba al mercado, nos llevaba a la escuela y despedía a mi padre que se iba al trabajo, lavaba la ropa, hacía de comer y limpiaba la casa antes de que volviéramos de clases y por la tarde, veía las novelas o se sentaba en la banqueta mientras mis hermanos y yo jugábamos afuera.
La recuerdo jugar a los cochecitos con mis hermanos, a veces también con otros niños de la cuadra y conmigo, jugaba con una pelota; le gustaba ayudarme a cambiarle los vestidos a mis muñecas, hasta la fecha le gustan y en su cama tiene una que mi papá le regaló en la navidad de hace dos años, como la muñeca que de niña siempre quiso.
A mis hermanos y a mí, nos hizo unos niños obedientes, cuidado y no hiciéramos caso porque entrando a la casa nos tocaba chinga, no hacía falta más que una mirada para ponernos quietos cuando andábamos de latosos, nos hizo llorar muchas veces y enfrentar a nuestros miedos también, aunque mi papá decía que nos alcahueteaba todo el tiempo, como se nota que él trabajaba todo el día y no veía el buen tino que tenía cuando nos aventaba la chancla.
Nunca nos llenó de besos y apapachos, hablar con ella de un niño que me gustaba o de menstruación, fue imposible; era como un gendarme y no la culpo, pues así la educaron y muchas cosas le tocó descubrirlas sola, aunque nos demostraba su amor de otras maneras, pues nos defendía con uñas y dientes si alguien intentaba lastimarnos, nos tomaba tan fuerte de la mano cuando caminábamos por la calle o subíamos a los vagones del metro, que a veces nos dejaba marcados sus dedos, tenía pánico de que nos arrebataran de su brazo; nos cuidaba en las noches de fiebre y nos untaba vaporub en el pecho cuando nos daba tos.
Cuando mi hermana y yo tuvimos a nuestros hijos, nos cuidó y nos enseñó a cuidar de ellos, los envolvía en las cobijas y arrullaba para dormirlos, les dio sus primeros baños, pues ¡claro!, teníamos tremenda cicatriz en la panza que nos hacía sentir que el alma se nos salía cada vez que estornudábamos, menos podríamos tener la fuerza para bañar a los chamacos.
Estoy segura que mi hija y mis sobrinos no pudieron tener una mejor abuela, les guardó todos los besos que a nosotros no nos dio, les compraba todas las chucherías que encontraba y los hizo bailar el “tilingo – lilingo”, “el conejo blas” y otras canciones en sus piernas.
Hoy, mi madre es el vivo ejemplo de lo que es la perseverancia y fortaleza, es el resultado de que las ganas de vivir son más fuertes que cualquier enfermedad, que incluso un chiste mal contado, una llamada a mi abuela, comerse un postre o tomarse un vaso de pulque, son razones suficientes para abrir los ojos cada día.
Yo no sé si un día llegue a ser como mi mamá, pero si así fuera, sería un privilegio, toda mi vida se la ha pasado enseñándome cosas, pero la más importante fue decir “te quiero y me importas” con acciones y no con palabras, aunque yo si tengo algo que decirle: Gracias por tanto mamita, ¡te amo!



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